“OTRO PUPITRE VACÍO…”

                                                                                                        “Es como matar un ruiseñor” (Mateo H. Barroso)

Se rompe el alma, Se quiebra la vida. Explicaciones que no se admiten… “¿Por qué Dios…, por qué?” Centenas de miles, cada mañana se levantan -contentos o refunfuñando- responsablemente. Lleno a reventar el salveque: libros, cuadernos, lápices y pinturas, que llevan a la Escuela.

Por las calles capitalinas circulan busetas y carros transportando un ejército de infantes, que con deseos, día a día, mes a mes y año a año, buscan con ingenuidad edificar su formación y futuro.

En pueblos y caseríos humildes, la Escuelita está lejos. No hay medios de comunicación y los

güilas van andando (o en bicicleta, si sus recursos lo permiten), bajo un sol de justicia o muchas veces, al amparo del inclemente tiempo: frio, lluvia y barro, sobre lastre, en el lento caminar de ilusionados jovencitos. Embetunados zapatos, pantalón y enagua azul, camisa blanca, les distingue.

Hogares incompletos, familias divididas, padres escabullidos y padrastros ocupando espacios insustituibles. A final de cuentas, mujeres al frente del hogar sacando adelante a “la prole”. Y estos, locos bajitos, sin hacer preguntas, colaborando en las tareas del hogar y, en ocasiones, al margen de la ley, trabajando “para arrimar un cinco a la casa”. No obstante, codos en los pupitres y ojos vivarachos, sin perder detalle; como esponjas atesorando los conocimientos, que les facilitan los esforzados y multifacéticos maestros/as, que saben de todo un poco y enseñan más de lo que pueden, sin que ayuden nada, las aulas destartaladas y los pupitres despintados. Empero, con sacrificio, mística y vocación todo lo superan. Y así sobreviven felices: alumnos y maestros.

De pronto surge un animal sin cadena, depravado y pervertido, al que tildaban de “joven raro”; y aprovecha la soledad del camino, la rutina conocida. “Lobo con piel de cordero”, se interpone con sutileza premeditada, engatusa, engaña y ataca con fiereza a dos inocentes hermanitos (Alexander y Teresita). Al primero (hombrecito con alma de  niño) de 11 años lo asesina a golpes, y a la niña (damita aprendiz de mujer) de 9 años, la abusa y desgarra. Tras el ataque, la niña huyó y permaneció escondida, a la intemperie, 24 horas, hasta que la mañana siguiente fue hallada, tiritando, aterrorizada y cuerpo deshilachado. Su hermanito, regresó a su casa, inerte y asesinado brutalmente. Un pupitre quedó vacío en Valle Bonito de San José de Upala. Otro, manchado de sangre para siempre. Increíble que mecanismos de alarma y búsqueda no se activaran hasta un día después. Sorprende que Humberto Vagas (Diputado PUSC) tenga que luchar para tener los votos necesarios para activar un programa que salvaría vidas. ¿Cuántas bestias faltan por descubrir y encerrar, para que no haya otro Alexander o Teresita?  Señores Diputados… ¿a qué esperan?

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