“LA NOCHE DE SAN JUAN”

“Mi legado: el gen tangible e imperecedero” (Joaquín Fuertes Fuertes)

No se detienen las agujas del reloj en el tiempo. Madrugada y hoguera en la noche de San Juan. Nacer en Chamberí. Gatear en la Taberna “El Narcea”, con la Puerta de Toledo y el Puente de Toledo de cabecera y a los pies. La excusa: acera vacía y pared para golpear la pelota, sin que el paso de las horas se noten, hasta que la señora Elvira grita: ¡a cenar!
Jugar. Cuatro piedras sobre el adoquinado, dos porteros y chiquillos jugando a ganar, sin importar las faltas: ni siquiera necesitaban árbitro. En lo mejor del juego, suena el claxon de un White que asoma por la esquina y el partido se interrumpe hasta que pasa.
Un triciclo de pedales y piñón fijo. Aprendizaje en el Parque del Retiro con una “bici” más grande de tres ruedas, hasta que la osadía y la cuesta abajo exigen sustituirla por otra de dos ruedas que enseña y obliga a guardar el equilibrio. Infaltables caídas y heridas hasta aprender a dominar aquel artilugio que tenían pocos niños, a causa de las carencias y calamidades propias de la época franquista: postguerra y cuatro décadas más.
Crecer. El primer balón de cuero, con camarilla y válvula. Color marrón, brillante de tanto untarle grasa de caballo, para llevarlo al sabatino partido de la Pradera de San Isidro.
Carreras ciclistas de aprendizaje. Familiaridad con el linimento y olor a músculo, más los tubulares, culotes negros y la pancarta de meta que premia a los mejores.
Fútbol de verdad en categoría nacional. Agresividad, buena marca y pasión desmedida. El gusanillo lleva al banquillo. Un libreto para aprender, escudriñar y, con el tiempo, añadirle páginas de experiencia. Después, surge la oportunidad de cruzar “El charco” (Atlántico): “los puentes son para cruzarlos”. En la otra orilla… verdor y olor a caña, tamal y café.
Vivir. El gen heredado del espíritu de lucha, sacrificio y disciplina, para superar obstáculos sin caer en el lodazal, buscando una razón y fuerza necesarias para nunca claudicar.
Con el tiempo y por norma, no hacer partícipe a los demás de los contratiempos, ser amigo de los amigos, volcarse en ellos y disfrutarlos, dando mucho valor a la lealtad.
Fijarse una meta, sin detenerse, cabalgando hacia ella: unas veces al galope, otras al trote y en las más andando, a saltos o trompicones, pero sin darle espacio al desánimo.
Epilogo. Reconocer a los ancestros”, su sabiduría y el legado de defender, a capa y espada, que: “principios, trabajo y dignidad no se negocian”, pase lo que pase.
Y como firmaba Mateo Hernández Barroso sus invaluables escritos-discursos: “He dicho”

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